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¿Has estado frente al menú de un restaurante de comida rápida, con la mirada hacia el techo, confundido, en hora pico, con un cajero gruñón frente a ti y sin saber qué pedir? Así me sentí yo el día que tuve que inscribirme a la licenciatura. Durante meses, si no es que años, postergué elegir carrera. Cuando la hora me llegó, ya estábamos planeando la fiesta de graduación de la prepa. Yo no tenía ni idea. Investigué un poco, y en la fecha límite fui a entregar mis papeles. Sin estar muy convencida, me inscribí a la licenciatura en Relaciones Internacionales. Después de mi decisión me sentí tranquila; en mi mente, el problema había quedado resuelto. Como siempre me ha gustado estudiar, entrar a la universidad, no importaba a qué carrera, me emocionaba.

Al final del primer semestre odiaba ir a la universidad y me sentí muy desilusionada. Varios estábamos en la misma situación, así que al menos no estaba sola con mi frustración. Sin embargo, cuando al segundo semestre los demás se acoplaban y yo seguía pasándola mal, sospeché que el problema era mayor. Pasó el verano, y a mitad del tercer semestre (es correcto, me tardé año y medio en descubrir mi confusión) le revelé a mis patrocinadores que necesitaba reconsiderar mi camino académico y profesional..

Mi anuncio no fue triunfal, y pensé que se iban a decepcionar. Pero, para mi sorpresa, tampoco pasó a mayores; sólo me pidieron que les diera un plan “B” (se llama “rendición de cuentas”). En Admisiones me advirtieron que me suspenderían la beca, pero me sugirieron darme de baja temporal (aunque yo en mi frustración insistía en darme de baja definitiva, la asistente fue más inteligente y me dio de baja temporal). Me quité un gran peso de encima y después de algunas vueltas del destino, crisis existenciales, y unos meses de actividades extracurriculares, me inscribí a la licenciatura en Derecho.

En retrospectiva, cambiarme de carrera -incluido el drama, el gasto, y el tiempo perdido- fue una de las mejores decisiones que he tomado. Durante los semestres que estuve en la carrera equivocada me agobié muchísimo. Cuando me cambié, de pronto todo fue más fácil. Descubrí que si la pasas  mal estudiando a lo que te dedicarás en el futuro, puede ser que eso que estudias no sea para ti, y que a veces toma tiempo darse cuenta. También me tocó escuchar uno que otro sermón acerca de cómo esta decisión iba a afectar mi currículum, cómo iba a tener que explicar en cada entrevista de trabajo el cambio y la diferencia de edad, etc. En realidad, 10 años después, puedo confirmar que el cambio no afectó mi trayectoria profesional (incluso pienso que me ha ayudado) y en ningún momento ha sido un impedimento para cumplir mis metas. Sin embargo, hay algunos puntos que facilitaron mi decisión. Si tú estás considerando cambiar de carrera, mis recomendaciones serían las siguientes:

  1. Antes de inscribirte a una carrera nueva, es de gran ayuda platicar con profesores o directores de carrera de ambas carreras. Yo tuve oportunidad de platicar con el director de la carrera que cursaba inicialmente. Durante una hora me dio razones de por qué no debía cambiar de licenciatura. Cuando al final seguí firme en mi decisión, supe que era la opción correcta.
  2. Aprovecha los créditos que ya tengas cursados. Si te quedas en la misma universidad, revisa qué materias de tronco común ya aprobaste y qué materias de tu carrera inicial puedes revalidar en tu nueva carrera. Si te cambias de universidad, negocia con Admisiones que te revaliden materias de la primer carrera.
  3. Investiga sobre becas disponibles. Hay carreras y universidades en las que es más fácil conseguir apoyo.
  4. Ante la duda, pide un semestre sabático. Casi todas las universidades permiten baja temporal. Esto puede ayudar a aclarar objetivos y valorar si el problema es realmente la carrera o si más bien es un periodo de ajuste a la universidad.
  5. Cambiarse a la carrera correcta es definitivamente un alivio, pero no todo es miel sobre hojuelas. Cualquier carrera cuesta trabajo, y me atrevo a decir que probablemente haya más momentos difíciles que agradables.
  6. Investiga datos de ambas carreras. Esto aplica siempre, pero particularmente cuando uno está frustrado con su elección de carrera, cualquier otra opción parece mejor. Para tomar la decisión definitiva, es mejor tener información concreta acerca de las opciones que ofrece la nueva carrera comparada con la carrera inicial. Habiendo dicho esto…
  7. Sigue tu intuición. En mi caso, desde el primer semestre supuse que algo andaba mal. El ajuste de la prepa a la carrera es difícil, pero mi descontento era desproporcionado.
  8. Una vez tomada la decisión, olvida el sentimiento de culpa. Yo sentí que desperdicié recursos y tiempo que no eran míos. En realidad, existen opciones para recuperar el tiempo (por ejemplo, cursar materias adicionales y veranos) y hay alternativas para compensar costos.
  9. Por último, recuerda que el que no arriesga, no gana. Cambiar de carrera no es garantía de éxito ni de felicidad personal y definitivamente, será un reto. Sin embargo, la elección incorrecta frecuentemente tiene que ver con presiones familiares, circunstanciales o la misma falta de experiencia que como jóvenes tenemos al elegir. Al final del camino, una vez analizada la situación, atreverse al cambio valdrá la pena.

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