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Millennials rescantando mexico del temblor

Nos lo enseñaron nuestros padres y abuelos que vivieron y sufrieron el mismo dolor que nosotros en la misma fecha, 32 años atrás y aunque muchos no tuvieron esa experiencia previa, la respuesta fue igual de rápida y efectiva. Tan sólo un par de horas después del simulacro que año con año se realiza para conmemorar tan oscuro día en nuestra historia, la tierra se volvió a mover, para hacer el llamado al pueblo mexicano de salir a las calles con lo que fuera que se tuviera y combatir la crisis luego del temblor. Desde donativos hasta manos voluntarias, no para un llamado a las armas, sino un llamado a la solidaridad mexicana.

La generación que nadie toma en serio; ellos quienes todavía viven con sus padres; los aficionados del chai-late; fueron los jóvenes que desde los primeros minutos posteriores al sismo abandonaron sus centros de estudio o de trabajo para cumplir con su parte. Mucho antes que las autoridades, que los expertos, que el ejército o la marina, ellos tomaron calles, cubetas, cubrebocas, cajas y cintas; ya fuera para organizar el tráfico ante la falta de energía eléctrica y semáforos o retirar escombros para rescatar sobrevivientes en tantas zonas de desastre a lo largo y ancho del centro del país, ellos fueron los primeros en responder. Sólo hizo falta un “Mamá/papá, estoy bien”, para después lanzarse a donde se necesitaba.

El Estadio Olímpico Universitario al sur de la Ciudad se convirtió en uno de los primeros centros neurálgicos de recolección de víveres y también de los más grandes; pero en muchos otros puntos, los universitarios se dieron cita para descargar, clasificar y empaquetar los cientos de toneladas de ayuda humanitaria que los mexicanos se encargaban de donar para apoyar a aquellos que lo habían perdido todo, no sólo en Ciudad de México, sino en Morelos, Puebla, Estado de México, Tlaxcala, Oaxaca y Chiapas.

Armados, en muchos casos, con sólo un par de manos desnudas, agrupándose en cadenas humanas para remover piedra por piedra los restos de concreto de edificios derrumbados, para rescatar a los atrapados; desde el mero centro de la ciudad como la Roma o Condesa; hasta el sur en Tlalpan, División del Norte o Xochimilco, la urgencia era la regla y a medida que llegaban las cubetas, las palas y las carretillas para acelerar los trabajos, los millenials respondieron ante los gritos de auxilio y el llanto de aquellos que lo habían perdido todo o a todos.

Y conforme pasaban las horas, montados en autos, camionetas, bicicletas o motos, ellos llevaban medicamentos, herramientas y comida hasta donde fuese necesario; a los puntos críticos en medio de una ciudad con el transporte colapsado o a los rincones alejados en los estados colindantes. Incluso después de que los expertos arribaron, las manos nunca dejaron de sobrar. No era momento para estar en las aulas o en la oficina sino para salir a las calles y ensuciar pantalones y camisetas.

Nunca estuvieron sólos. Hombres y mujeres de todas las edades salieron de sus casas y trabajos para apoyar las labores de rescate y solidaridad, pero si el destino tenía preparado un momento para probar a esta generación de ciudadanos mexicanos, los millenials nunca tuvieron miedo de entrarle al reto, de ayudar a niños y a ancianos. Horas y horas organizando las donaciones, armando despensas o comidas, removiendo escombros, moviéndose de un lado a otro; no importa si eran estudiantes, profesionistas o cualquier otra cosa, todos hacían su parte. Ahí era un solo México cuya fuerza joven trabajó día y noche incansablemente para llevar la ayuda a todos lados.

Muchos héroes anónimos actuaron con lo que les decía su corazón que hicieran. Nuestros padres y nuestros abuelos nos criaron en toda una cultura de prevención alrededor de los sismos, ahora hemos demostrado lo que aprendimos. Y aunque aún hay mucho trabajo por hacer, los millennials han confirmado ser la generación que el país necesita, porque hoy, días después de las fiestas patrias, son una razón más para gritar orgullosamente ¡Viva México!

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