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elegir carrera

Elegir una carrera es una de las decisiones más importantes en la vida de alguien.

  1. “Me queda cerca de mi casa”.
  2. “Me gusta el ambiente”.
  3. “Ahí estudian mis hermanos”.
  4. “Es donde van a meterse la mayoría de mis amigos”.
  5. “Está padre”.
  6. “La carrera me latió”.
  7. “Es en la que me aceptaron”.
  8. “Es la que puedo pagar”.
  9. “Es en la que me dieron beca”.
  10. “De ahí sales bien preparado”.
  11. “Fulanito estudió eso y es muy exitoso”.
  12. “Pus nomás”.
  13. O el lamentablemente clásico “Quería una carrera en donde no tuviera que llevar matemáticas”.

Así es como los jóvenes en México justifican su elección de carrera y universidad. Y probablemente así ha sido siempre. Pero conforme el número de estudiantes y egresados universitarios se eleva, la competencia laboral arrecia, el gasto en educación aumenta y la velocidad del cambio en la economía, las industrias y la tecnología también sube, los costos de esa forma de decidir se están haciendo más notorios.

La elección de una carrera y universidad es para muchos jóvenes su primera decisión importante en la vida. Y es también una decisión importantísima para los padres de esos jóvenes, pues no sólo suele implicar un sacrificio económico, sino a menudo también un cambio de ciudad, vivir lejos de la familia e incurrir en deuda.

Sin embargo, nos seguimos empeñando en decidir al vapor, con poca información y peor razonamiento.

¿El resultado? Un 40 por ciento de los profesionistas en México reportan que no ejercen su carrera, un sinnúmero de estudios encuentran que una gran cantidad de los profesionistas no están satisfechos con lo que estudiaron y/o consideran que no salieron de la universidad bien preparados, y cerca de la mitad de las empresas se quejan de que no encuentran jóvenes con las habilidades apropiadas.

Una mala decisión educativa no sólo priva al universitario de obtener mejores ingresos; le genera gastos adicionales. No por nada miles de egresados pronto se ven obligados a regresar a la escuela a re-capacitarse (¿o por qué creen que ha habido un boom de diplomados?) o a hacer un posgrado, ya sea para “reinventarse”  (después de odiar su nueva profesión) o para rellenar los huecos que les quedaron de la carrera. Todo al calor de más colegiaturas.

Lo que nunca hemos oído en varias generaciones de alumnos, con las que hemos trabajado como profesores, es que su decisión sea tomada con:

a) Una tabla o ejercicio comparativo en el que se relacionen diferentes carreras con diferentes trayectorias profesionales, niveles de sueldo, probabilidades de ser contratado y expectativas de crecimiento profesional;

b) Una corrida financiera en donde se estime el valor presente del costo de una carrera universitaria y se exploren diferentes escenarios de sueldo y crecimiento;

c) Un análisis de cuáles serían las carreras, trabajos e industrias del futuro y qué universidades conectan mejor con esos pronósticos.

En otras palabras, es rara la decisión que realmente se basa en el costo-beneficio, actual o proyectado hacia el futuro, de una licenciatura o ingeniería.

Con esto no estamos proponiendo que los jóvenes ignoren su sentido de vocación o gustos personales. A veces ni el análisis más detallado y claro sobre los riesgos de una carrera podría disuadir a un chico de “seguir el llamado de su corazón”. Pero la verdad es que, por un lado, muchos de los jóvenes -y sus padres- ni siquiera están eligiendo con base en un sentido de  vocación, y por otro, las consecuencias laborales, económicas y psicológicas de una elección “romántica” pero mal atinada son… todo menos románticas.

Lo que hace falta es un mayor uso de información e incluso que los consumidores de la educación exijan más datos por parte de las universidades. En vez de decidir al aventón, nos parecería utilísimo que los jóvenes y sus padres se esforzaran por identificar las competencias o habilidades que cada carrera ofrece -¿análisis de mercado? ¿herramientas estadísticas y de probabilidad? ¿razonamiento matemático? ¿argumentación? ¿programación por objetos? ¿pensamiento de sistemas?-; que intentaran identificar la demanda presente y futura que tendrían dichas competencias; que le exigieran a las universidades donde están considerando inscribirse que éstas les proveyeran información detallada sobre la contratación de sus egresados (¿dónde trabajan? ¿en qué industrias? ¿cuánto ganan? ¿cuál es su trayectoria a los diez a años de haberse titulado?); y que con miras a una mejor colocación laboral, procuraran que la carrera y universidad elegidas hicieran uso intensivo de prácticas profesionales o de campo, pues éstas ayudan a garantizar que el plan de estudios realmente conecte con las necesidades de la economía, le brindan al estudiante experiencia desde antes de graduarse -y a menudo un pequeño ingreso económico-, y, si el estudiante se desempeña bien en su práctica, vuelven más probable que al graduarse tenga ya una oferta de empleo.

Estos argumentos son igual de válidos para carreras económico-administrativas que para ciencias exactas, ciencias sociales o humanidades. De hecho, entre más “teórica” es la carrera, más importante es que el chico se proteja buscando hacerse de habilidades que, pase lo que pase el día de mañana, le ayuden a tener un ingreso, ya sea trabajando dentro de una organización o de forma independiente. (Sorpresa: los jóvenes que eligen las carreras menos “empresariales” son a menudo los que acaban volviéndose más empresariales para obtener un ingreso, haciendo proyectos freelance por aquí y allá, dando clases, montando un sitio de internet para promoverse, poniendo un negocio, etc.)

Entendemos que mucha de la información o análisis que mencionamos aquí no están al alcance de las familias. También sabemos que muchas universidades no tienen el menor incentivo a ofrecer dicha información. ¿Para qué complicarse la vida y darle colmillos al cliente? Sin embargo, entre más avispados seamos los consumidores de la educación, entre más pensemos en el aprendizaje de competencias y menos en la licenciatura o ingeniería como una carísima “caja negra” que mágicamente brinda un empleo, entre más le exijamos a las universidades, y entre más nos alejemos del “pus nomás” o del “para no llevar matemáticas” como argumentos para elegir carrera y universidad, más obtendremos de la educación superior -y de nuestro gasto en ella, por vía de colegiaturas o impuestos- como estudiantes, padres de familia y sociedad.

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Es socio director de TestPoint - Standard Test and Admissions Preparation, la escuela líder en México en preparación para admisiones a Posgrados, y director de Pro Meritum - Programa de Formación de Talento Universitario. Es licenciado en Ciencia Política por el ITAM y posee un MBA en emprendimiento social por Duke University.